El último día del año

Hoy es el último día del año. Se fue rápido, casi sin avisar. Todavía tengo fresca la imagen de cómo despedimos el 2024: un apagón general, terminamos en la casa de abuelo Nicolás (aka Colito), llegar como se pudiera y reunirnos alrededor de lo esencial —la familia— para recibir un nuevo año. Un año que comenzó sin garantías, sin mapas claros, solo con la disposición de seguir adelante.

Un año que culmina justamente hoy.

El 2025 fue un año exigente. De silencios largos, de aprendizajes profundos, de esperar cuando no había respuestas, de soltar lo que dolía y creer aun con pocas fuerzas. Hubo días en los que la esperanza parecía frágil, casi inexistente, pero aun así permanecía. Mi corazón aún confiaba en que Dios no había terminado.

Hoy, sentada frente a mi computadora, repaso los días y reconozco que este año tampoco fue sencillo, pero fue distinto. Hubo momentos de alegría, teñidos de amor y pequeñas victorias. Y hubo otros en los que la mente no descansaba, donde el miedo y la preocupación se sentaban a mi lado. Días en los que pensé rendirme, en los que el cansancio parecía pesar un poco más que la fe. Pero Dios, fiel y atento a los detalles, siempre encontró la forma de recordarme que ha estado conmigo: no caminé sola, nunca lo hice, y que mi vida, con todos sus días, está en sus manos.

Aún espero. La promesa sigue delante de mí. Pero en la sala de espera he aprendido y reconocido que Dios es y será suficiente. Que su amor no se agota y que su plan permanece firme. En Él todo encuentra sentido, aunque no siempre lo vea

Hoy solo puedo agradecer por su amor presente en mi vida y en la de los míos. Por su provisión constante y su cuidado fiel, una y otra vez. Por las puertas que se abrieron y también por aquellas que ya no volverán a abrirse. Por las oportunidades que llegaron sin aviso, pero en el momento justo.

Gracias, Dios, por mi esposo, mi compañero de vida y mi “ride or die”. Por nuestra hermosa hija, que transformó nuestra vida y llena nuestros días de luz, risa y mucho movimiento. Por mi familia, a la que amo profundamente y de la que hablo con orgullo, por lo extraordinarios que son. Por mis amigos, los que me aman tal como soy, los que caminan conmigo con intención y me acercan más a Dios. Por mi familia de fe que con mucho amor, oraciones constantes y especial cuidado han bendecido mi vida y la de mi familia. Por el trabajo que hoy puedo hacer, en este tiempo exacto que Dios preparó para mí. ¡Qué privilegio!

Gracias, Dios. Por ser el autor de mis días, mi fiel amigo y  mi ayudador.

Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová
En la tierra de los vivientes.

—Salmos 27:13


De todo corazón,
Miredys